Por: Manuel Raad Berrío

Izar una bandera es un acto por excelencia apologético, esto es, que hace apología, que exalta un símbolo para rendirle tributo buscando que otros lo vean y le rindan honores también. Es un acto irreverente, de autoafirmación, de hermosa rebeldía frente al mundo, pues también es un grito de pertenencia a un grupo, a una tribu, a una nación, y así, la aparición de las banderas es también la aparición de las fronteras.

Hoy, Cartagena de Indias se despertó con la imagen del palacio de la Aduana coloreada por la bandera Arcoíris, esa misma que ha simbolizado la diversidad étnica y cultural al ser reconocida como bandera del Cusco (ombligo del mundo), capital del Tahuantinsuyu Inca, ese territorio que se extendió desde el norte de Argentina y Chile, pasando por el Gran Perú (incluida Bolivia), Ecuador y el sur de Colombia.

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Alcaldía de Cartagena de Indias.

Esa misma bandera también ha simbolizado causas tan loables como el cooperativismo mundial, y que como el Arcoíris representa todos los colores, la fusión de todas las banderas, o lo que es lo mismo, la desaparición de las banderas y por ende de las fronteras, a partir de la cooperación.

Pero no, Cartagena no se ha levantado con la bandera Arcoíris siguiendo la simbología del Cusco o del cooperativismo. Al mirar más de cerca, pequeñas variaciones, como el tono de los colores y el número de franjas desde 1979 en San Francisco, han reducido un símbolo de la diversidad universal a lo que resulta más conocido como el símbolo de la diversidad sexual o específicamente como Bandera del Orgullo Gay.

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Estoy seguro que la diversidad es mucho más grande que la diversidad sexual, y me resultaría muy inspirador ver ondear así todas las banderas en el palacio de la Aduana. La diversidad cultural, la étnica, la religiosa, la biodiversidad… en fin, todas las banderas que simbolizan la fusión de las banderas en el reconocimiento de la libertad como valor fundante de las Democracias.

Y este no es el capricho de un profesor universitario que promueve una u otra ideología, es el deber del gobernante, gobernar para todos, y no para hacer apología de un grupo o segmento. La obligación es con el bien común y nunca para discriminar ni para favorecer.  Y esto no tiene nada que ver con las condiciones personales de quién siendo gobernante enarbola una bandera, pues la Bandera del “orgullo gay” también estuvo durante todo el periodo de Judith Pinedo, en aquella ocasión mirando a la plaza de la Aduana, quizá más visible que ahora, también la ondeó Juan Carlos Gossaín en el Balcón de la Gobernación, frente a la catedral. Todos en mi opinión, cometiendo el mismo error, rendir honores a una bandera que ya no simboliza la fusión de las banderas.

Un gobernante, si ha de rendir honores que sea a todas las banderas que representan los valores cívicos en nuestra sociedad, y si es a la diversidad debe hacerlo en la pluralidad de las diversidades y no sólo basándose en un discurso monotemático que reduce la diversidad a la orientación sexual (sin que ello le reste importancia o respeto).

Cuan bello sería, que en procura de lograr una Cartagena incluyente, iniciáramos por predicar correctamente la inclusión, dejando de ser excluyentes en el discurso y en nuestra simbología, pero más bello aún que nuestras acciones diarias sean fiel reflejo de una actitud incluyente, mostrando compasión, brindando bondad, practicando a diario la empatía que nos permite comprender al otro, y así, ser cada día más justos.